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lunes, 30 de marzo de 2009

La noche más larga.

En ocasiones su ritmo vital se desajustaba por completo. Dormía de día, vivía de noche, no era capaz de controlarlo. Hacía cualquier cosa para intentar no dormir, si pudiera elegir no dormiría nunca. Dormir es perder tiempo de vida, algo así debería pensar Sinclair.
Tic-tac, tic-tac, tic-tac... ya no sabía lo que hacer. Estaba tirado en el sofá jugando al ajedrez online con un venezolano que le estaba dando una auténtica paliza, seis de seis perdidas. Volvió a perder y se levantó. Se puso los pantalones vaqueros de casi todos los dias y bajó a la calle. Era Viernes noche, quizás aun podría encontrar algo de fiebre suelta por las calles de su ciudad. Entró en el Sunset a eso de las dos y media y pidió un malta doble sin hielo y después otro, y otro más. Una hora después seguía allí. Se le acercó un viejo conocido, no me refiero a una persona conocida desde hace tiempo sino a una persona vieja en el sentido literal y que mas o menos conocía.
-¿Que tal Sinclair? ¿Bebiendote la vida?
-¿Cómo estas viejo Bob?
-Yo nunca estoy bien. Me atrevería a decir que nunca lo estaré. Hacía mucho tiempo que no hablamos Sinclair. Apenas se te ve el pelo. Dicen que tienes una de esas enfermedades raras ¿Es verdad Sinclair?
-Yo no tengo nada. Lo único que me pasa es que me cae mal la gente y tu también. He venido a beber y a escribir y pensándolo bien no quiero que tú formes parte de esta historia, desaparece Bob.
-¿Otra copa señor?
-¿Qué?
-Que si quiere otra copa.
-Ah... uff, ¿Cuántas llevo?
-No sabría decirle señor.
-¿No piensan cerrar?
-Es usted quién abre y cierra señor. Todo aquí pasa a gusto de usted señor, ¿No se ha dado cuenta?
-¿Y por qué duda entonces si me apetece otra copa más?
-Creo que no me ha entendido bien señor. Yo no dudo, es usted.

martes, 10 de febrero de 2009

Haré lo que tenga que hacer y pensaré lo que me de la gana pensar.

Entraba lentamente, nunca tenía prisa y no sabía lo que significaba. Su coche era normal, del montón. Se conformaba con que le llevase y le cantase algo por el camino. Demoraba al máximo tanto el viaje como el retorno y en los atascos era el único que permanecía impasible. Tampoco le importaba llegar tarde al trabajo, siempre lo hacía. Tenía más poder que su propio jefe aún siendo un empleado más. Él sabía que su trabajo era de gran calidad y que no estaba de más trazarse su propio horario. En su rostro había algo que te decía que era de esas personas que no paraban de pensar, analizar y organizar y a pesar de no demostrarlo siempre, normalmente era así como funcionaba. Sólo se concentraba en detalles puntuales mientras el resto de actividades que realizaba parecían ejecutadas de forma mecanizada. Hiciera lo que hiciera siempre pensaba en lo que él quería.

Bajando las escaleras.

Se incorporó lentamente y poco a poco fue abriendo los ojos. Ya con los pies en el suelo metió la mano en el montón de ropa que había encima de la silla y cogió los pantalones de casi todos los dias. Todavía estaba cansado. Pasó un buen rato hasta que esa sensación desapareció. El despertador seguía sonando cada diez minutos. Él nunca lo apagaba hasta que estaba convencido de estar vivo. Su único desayuno eran dos cigarros y un vaso de agua. De esta manera empezaba las mañanas; bajaba las escaleras y sorprendentemente se comía el mundo.

lunes, 26 de enero de 2009

Un día de pesca con Sinclair

Acababan de regalarle una caña de pescar y decidió que podía ser un buen día para estrenarla. Se levantó a las cinco de la mañana como era normal entre los pescadores. Sinclair no había pescado en su vida. Se preparó la caja de complementos con varios plomos, anzuelos, sedal, una navaja, seis latas de cerveza, un trozo de jamón y una barra de pan. Al llegar al lago tomó la decisión de esperar un par de horas más en el coche ya que hacía bastante frio y su cuerpo no le terminaba de acompañar. Entre cabezada y cabezada durmió más de cuatro horas en el coche. En suma eran las doce y media cuando lanzó la caña por vez primera sobre el lago. Había puesto el sedal al revés y le costaba mucho recogerlo cuando no se le anudaba. Sobre las dos del mediodía hubiera pensado que en ese lago no había peces de no ser porque los demás pescadores habían recogido con sus bolsas llenas de truchas. Paró para comerse el jamón y beberse las cervezas. No dejó ni una. Al ponerse el sol todavía no había logrado pescar nada.

miércoles, 21 de enero de 2009

Sinclair en el casino...

Se le ocurrió que podia hacer unas apuestas. Nunca gastaba nada y apenas sí tenía deudas. El caso es que vivía más o menos bien y con eso se conformaba. Se puso el traje de gala, no quería parecer novato en su primer día en el casino. Entró "rompiendo", como quien dice. Fue directamente a la ruleta americana y tras ver varias manos se animó a apostar. Sinclair estaba ganando poco a poco. Cuando vino a dar cuenta había multiplicado por diez el dinero que traia pero la monotonía empezaba a cansarle, necesitaba una gran apuesta. Una apuesta que le hiciera sentir ese cosquilleo del que había oído hablar. Tiró una ficha al aire que tras rodar un poquito fue a parar al número deiciseis. Depositó todo en el dieciseis y la suerte estuvo de su parte, al menos de momento. Muchos hubieran seguido pero Sinclair daba por clausurada su actuación con esa mano de suerte. Se terminó el coñac tranquilamente dando ligeros movimientos en círculo a la copa y cambió sus fichas. A la salida se le acercaron dos chicas de naturaleza "tremenda" en busca de acción. Sinclair creia haberlas visto de pasada cuando estaba en la ruleta aunque en el fondo le daba exactamente igual ya que, para él, por encima de todo estaban las mujeres. Sinclair creia estar en un sueño cuando se vió de repente en su casa y con dos chicas en la cama. A la mañana siguiente las chicas no estaban. Tampoco halló rastro del dinero que había ganado la noche anterior, aunque esto fue lo que menos le molestó. Ya le daba igual, tenía claro que volvería y le pasaría otra vez.

Luces de neón. (1ª Parte)


Debian ser cerca de las seis de la mañana. Como acostumbraba, Sinclair volvía a casa propinando punterazos a una piedra para entretenerse. El camino era largo, muy largo. Contaba los pasos que daba, las veces que golpeaba la piedra, los cigarros que se fumaba y las cosas raras que pensaba. Las cosas raras que pensaba. Si hubiese existido un concurso de pensamientos raros, Sinclair habría sido campeón del mundo pero no fue así.
Estaba obsesionado con las luces de neón, robaba todas las que veia de camino a casa. Todo ello, por supuesto, sin perder la cuenta de los pasos, cigarros... Sin embargo fue totalmente incapaz de contar la gran cantidad de luces de neón que almacenaba (amontonaba) en su casa. Muchos sabian de su afición pero todos ignoraban el fin de sus actos.